El Mal de la Impaciencia
Recientemente me recuperé de la que fue mi primera gran crisis fotográfica. No veía el por qué de fotografiar, y el proyecto en el que llevo trabajando durante meses en Madrid, parecía no tener sentido ni peso.
Mirándola en retrospectiva, con mejores y más calmados ánimos, veo que fue fruto de mi innata impaciencia. Siempre fui impaciente, y siempre lo seré. Aunque haya mejorado con los años (y muy especialmente desde que uso cámaras analógicas), si me descuido y bajo la guardia, reina el caos.
Una mañana me desperté impaciente, sin más. De pronto, quería tener 60 espectaculares fotos para publicar un libro, y exponerlas en las mejores galerías internacionales. No podía creer que mi proyecto sobre las mujeres en Madrid estuviera compuesto de tan solo 6 fotografías.
(Una aclaración: soy un editor muy estricto, cada vez más severo conmigo mismo. Son pocas las fotos que ven la luz. Sobreviven cada vez menos por carrete, siendo la media una de cada 4. Así, y aunque sea constante con la práctica, el avance es lento. Muy lento.)
Esa mañana, dicha realidad se me hizo insoportable. Tenía que tenerlo finalizado, no podía ser. No importaba que al iniciarlo me hubiera dado unos años para finalizarlo. El tiempo no tenía nada que ver.
Salí como de costumbre a fotografiar con mi Leica M6, con la que llevo trabajando más de 8 meses, y en plena acción, “murió”. El rebobinador no enganchaba la película, el telémetro parecía estar descalibrado, la palanquita de avance se atascaba cada 5 fotos. Una mierda.
Volví a casa malhumorado, canalizando mi frustración en la cámara, maldiciéndola y echándole toda la culpa al error de paralelaje del visor magnificado. Si no lo hubiera, ya tendría esas 60 fotos listas para editar y publicar. Sería Bruce Gilden.
Se me antojó también que la película era demasiada cara, que no valía la pena. No podía gastar tanto dinero en carretes, ésto tenía que cambiar.
Abandoné la Leica, sin siquiera llevarla a arreglar, y me hice con una compacta digital, una Ricoh GRD3. Un par de semanas después, nada había cambiado. Seguía sin tener las dichosas 60 fotos. Asíque hice un parón para reflexionar.
Después de unos días nublados y confusos, fui a dar con la clave de todo el problema, que venía teniendo delante de mis narices desde el principio.
Necesitaba, y necesito, tiempo, nada más que tiempo. Cuánto me jodió aquella revelación. Tiempo.
Queriendo ver resultados inmediatamente, todos los pequeños inconvenientes que tenía asumidos con anterioridad (el coste de la película, el error del paralelaje, la espera en ver resultados, el largo proceso de editado) tomaron una magnitud desproporcionada e irreal. Nublaron mi juicio. El resultado no compensaba con el esfuerzo, y el proyecto empezó a perder credibilidad para mí. Se me olvidó la importancia del proceso, y me obsesioné con el resultado.
¿La conclusión de todo ésto? No será hasta dentro de dos, tres, o quizás diez años, que tendré el material que quiero para publicar, y exponer. Pero no ahora. Por mucho que lo quiera, ahora no es el momento. Lo único que puedo hacer es seguir haciendo lo mismo que venía haciendo hasta hoy: ser constante con el trabajo, editar igual de severamente, asumir los inconvenientes de las telemétricas, y disfrutar de todo el proceso. Nada más. En cierta forma, fue una revelación liberadora, pues fui consciente nuevamente de que estoy haciendo todo lo que está en mi mano para crecer como fotógrafo. Sólo me toca esperar, nada más.
Ayer recuperé la ilusión por mi proyecto, y repasando algunos viejos escaneados, rescaté estas tres fotos sacadas hace meses. Y, como siempre, el Tiempo puso todo en su lugar. Mi fiel compañera reposa en un centro de reparación, esperando impaciente a ver el mundo otra vez.




Ya sabes, la paciencia es la madre de todas las ciencias :-)
En cualquier caso, no entiendo cóm pudiste descartar las segunda de las fotos de este artículo, me parece tremenda. La luz, las tres miradas principales…genial de principio a fin.
Saludos,
Todos nos hemos encontrado en momentos así, no sólo en el tema fotográfico, sino en muchos aspectos de la vida.
Un saludo desde Terrassa. Buen blog y buena suerte.
Cuando empecé a aficionarme a la fotografía, uno de mis requisitos autoimpuestos fue no agobiarme, tomármelo como algo que me relajase. Desde entonces me ha funcionado a la perfección, he podido estar semanas sin tomar una foto o tomándolas cada día, pero no he dejado que me frustrase. A lo mejor además de tiempo lo que necesitas es mirarlo desde esa perspectiva, como un placer en lugar de una necesidad.
Ja ja ja, ¡como me veo reflejado en ti!.
Yo soy fotógrafo amateur, me gano la vida trabajando en otro tema totalmente distinto de la fotografía, y por tanto, tan solo hago fotos en mi tiempo libre.
Aunque soy un enamorado del analógico, al que llegué por el proceso inverso del normal, ya que empece con una reflex digital, salgo a diario con una compacta, que siempre va en el bolso.
Aprovecho esos breves momentos de casa al trabajo (unos 15 minutos a píe) para sacar alguna foto, cosa que evidentemente, no ocurre todos los días. También, los momentos que estoy con la familia, cuando vamos al mercado o simplemente a pasear, pero me agobia que me estén esperando, y en ocasiones, esto me lleva a la precipitación, a descuidar el objeto o la composición.
Es cierto, que yo trabajo sin presión, solo por amor a la fotografía, no tengo idea de hacer un libro o una exposición. Pero sí que puedo decir que experimento cada vez que me planteo “salir ha hacer fotos” como única meta, un auténtico placer y de esas 1 de cada 4 que tú dices, (por cierto, eres un afortunado, yo no salvo más de una cada 9 más o menos), este nivel de éxito aumenta.
El hecho de poder tomar el tiempo de buscar, pensar, y analizar, hace que cuando dispares, lo hagas realmente sabiendo que va ha haber una buena toma.
Muy interesante, como siempre Matias.
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