Mis Influencias III: Mark Cohen
Hizo falta una sóla fotografía de Mark Cohen para que quedara adicto a su obra. No la conocía hasta que Antonio Xoubanova, en uno de nuestros encuentros por el centro de Madrid, me recomendó echarle un vistazo. Al hacerlo, me pareció un crimen no haberle estudiado antes. Rápidamente entendí que es el contrapunto, el antítesis absoluto de todo el resto de mis influencias. Si naturalmente me inclino por las composiciones barrocas y complejas en su lectura, como las de Ernesto Bazán y Larry Towell, las de Cohen son brutalmente simples, aunque igualmente misteriosas. En muchísimas ocasiones están tomadas a tan poca distancia de la gente que llegan a incomodar. Pero es esa misma simpleza y brutalidad la que las hace tan memorables.
Y es esta precisa dicotomía moral la que me apasiona de este hombre. Sus fotos me parecen inquietantes, oscuras, vibrantes, y en muchas ocasiones, sexuales. Hace que uno se pregunte, “¿cómo hizo ésto, y con flash? ¿Qué es lo que está suciendo exactamente?“. A veces me toma tan por sorpresa que no estoy seguro sobre qué sentir sobre una fotografía en particular: me entusiasma, me ennerva, creo entenderla, o quizás no…son fotos que interrogan sobre lo fotografiado, y sobre nosotros mismos.
En cualquier caso, tienen una combinación que no puede dejar indiferente a nadie. Instantáneas en las que la sola presencia del fotógrafo interrumpe lo que sucede. Es agresivo e invasivo, pero honesto e instintivo. Un tú a tú, sin engaños.
En otro artículo reflexionaba sobre el momento no decisivo de Cristobal Hara. Aquí tenemos otro ejemplo, pero ligeramente diferente. Me gusta imaginar, sin riesgo de equivocarme mucho, que Hara no interrumpe tan agresivamente en aquello que fotografía tanto como lo hace Mark Cohen. Hara trabaja algo más alejado, a escasos metro y medio (o más), mientras que Cohen lo hace a centímetros, y con flash, de aquello que le llama la atención: un torso, la textura de un abrigo, los dientes de una amiga, unas piernas…a veces queda un vago registro fantasmagórico de lo que esas personas hacían hasta el momento de ser fotografiadas. Esa estela producto de una exposición relativamente larga (1/15, 1/30 de segundo), interrumpida de golpe por el destello de luz. Es un momento algo incómodo, como su misma fotografía.
Pero es distinto. Creo que se sale de las normas sobre lo que es “correcto”, hecho que dificulta que sus fotografías gusten al público en general. Habrá quien piense que son descuidadas, simplemente “raras”, o feas. Pero en mi opinión, son el producto final de un auténtico profesional y conocedor del medio, de la historia y tradición de la fotografía. Esa forma de negar el instante decisivo bressoniano simplemente ya lo dice todo.
Admiro la valentía y entrega de Mark Cohen. Arriesga, y mucho, pero de manera diferente a aquellos que lo hacen con su vida en conflictos bélicos. En la calle no tenemos la “licencia” para sacar fotos como cuando somos periodistas, o trabajamos para eventos. Somos uno más, con cámara, fotografiando lo que nos da la gana, lo que nos mueve. Fotografiamos quienes somos. Por eso creo que la exposición que uno sufre ante los demás es de naturaleza distinta, no hay ningún tipo de soporte detrás, más que uno mismo. En este sentido, uno es más vulnerable ante los demás.
Comenta en una pequeña entrevista en su aclamado libro “Grim Street“, que a menudo se metía en líos por su peculiar forma de trabajar. Visitas nocturnas de la policía a su casa después de haber sido denunciado por vecinos debido a su “mal o incorrecto comportamiento”, insultos varios de transeúntes, escoltado fuera del pueblo por policías, incluso amenazas de un marido furioso por “asaltar” a su mujer con el flash. Pero a pesar de todo ésto, él siguió fiel a su visión, su forma y estilo de fotografiar. No se echó para atrás. Ese es quien él era, y se puede aceptar o rechazar. No hay más. Fue íntegro con sus ideas y manera de expresarlas.
Fotografiar niños siempre despierta cierta incomodidad. Sobre todo en Occidente, donde es un tema delicado sobre el que hay muchos miedos y hasta restricciones legales. También suelen imaginarse fotos desenfocadas y retocadas al extremo, melosas y “blandas”. Cursis, en definitiva.
Si uno es capaz de romper con ambas barreras, y darse cuenta que no hay nada de malo en fotografiar niños, y que podemos hacerlo al igual que con el resto de personas, los resultados son muy gratificantes. Para mí, son ideales porque son muy expresivos, y siempre están haciendo algo con sus pies, con sus manos, con su cuerpo en general. Su cara rara vez está estática. Son pura vida.
Mark Cohen los retrata así, sin miedos, directamente. Les vemos desde su propia altura, frente a frente.
Su libro, True Color es igualmente inquietante, con uso del color exquisito. Aunque más impactante me ha parecido su obra en blanco y negro, es más visceral, y directa.
Para terminar, les dejo una corta entrevista donde puede vérsele en acción. ¡Disfruten!












muy interesante