Esta temporada hay una cita ineludible, obligada para todo amante de la fotografía. La más completa panorámica de Imogen Cunningham, organizada por el Instituto de la Cultura Fundación Mapfre en colaboración con La Fábrica, realizada en Europa en los últimos veinte años.
La muestra dividida en cuatro grandes categorías: Retratos; Flores, paisajes y bodegones; El cuerpo y la danza; Vida y arquitectura urbana, presenta más de doscientas fotografías que nos acercan a la vida y obra de esta fotógrafa tan completa y con una larga trayectoria artística y un gran reconocimiento por la calidad e innovación constante de su obra.

Cunningham (Portland, Oregón 1883 – San Francisco 1976) abierta a nuevas influencias desde sus comienzos siempre tuvo presente su entorno, al que retrataría en numerosas ocasiones, tanto sus hijos como su pequeño jardín. Algo que ya refleja en sus primeras fotografías tomadas en los alrededores del campus universitario donde cursa Química con la tesis final “El desarrollo científico de la fotografía”, y donde trabajó en el estudio de Edward S. Curtis, aprendiendo la técnica de la platinotipia y el retoque de negativos.
Poco tiempo después, recibe una beca para estudiar en Dresde bajo la tutela del profesor Robert Luther, donde realiza la tesis “Sobre la producción propia de papeles de platino para tonalidades marrones”, un avance más en el estudio de la platinotipia.
A su vuelta a Seattle crea el primer estudio que ofrece un estilo más creativo y expresivo de retrato fotográfico, donde recibirá encargos de personajes de la alta sociedad. Cunningham se esforzó por superar todo convencionalismo en sus retratos, recurriendo a exteriores e incorporando elementos decorativos. Ya se deja ver la preocupación contaste por la ambientación y por la captación de la esencia del retratado.
En 1918 trabaja en el estudio de Francis Brugière en San Francisco, colaborando con el retocado de negativos y fotografías, momento en que tiene la oportunidad de profundizar en la estética modernista por la vía del interés de Brugière en el desarrollo de una nueva forma de fotografía: “el diseño en formas abstractas de luz”, semejante aportación tendrá gran importancia en toda la obra de Cunningham, quien, fundamentalmente, compone mediante la luz.

Pronto experimentará con ideas de exposición múltiple y abstracción, aún no siendo la línea fundamental de su trabajo se vuelven recurrentes a lo largo de su carrera.

Hacia 1921 se produce un giro en la temática de sus obras, vuelve la vista hacia la naturaleza, con formas simples de gran modernidad. Consigue imágenes de gran pureza y claridad de detalle, acercándose a la abstracción más pura. Algunos motivos florales, cargados de carnalidad, se asemejan a las composiciones de Giogia O´Keefe, a quien conocerá años más tarde. Este tipo de fotografía beberá, en parte, de la fotografía alemana de vanguardia, convirtiéndose en la fotógrafa más avanzada y experimental de toda la Costa Oeste.

En la década de los 30 su obra se populariza, trabaja para la Revista Vanity Fair retratando rostros famosos, aquí su anticonvencionalismo hace prever su futura unión al Grupo f.64, cuyos principios se basaron en tomas con gran profundidad de campo y mayor definición de imagen, produciendo fotos puras, no manipuladas e impresas por contacto, sin retoque alguno, sobre papel satinado. Pero los intereses de Cunningham eran demasiado eclécticos para atenerse eternamente a las definiciones del grupo, su natural afán de experimentación y arriesgar con lo desconocido la llevaron a realizar una única exposición con Grupo f.64.

En sus viajes a Nueva York realiza las llamadas stolen pictures, fotografías de calle tomadas con una Rolleiflex de 6×6, en lugar del habitual formato 12,5×17,5, con más carácter de retratos ambientales que de fotografía periodística, a diferencia de Dorothea Lange que en esta misma época comenzó a plasmar las preocupaciones sociales de la Depresión Americana. En este contexto socio-económico, la venta en galerías desciende alarmantemente, lo que lleva a Cunningham a publicar su trabajo en revistas como principal medio de financiación.
Es fundamental el contacto con la fotógrafa neoyorquina Lisette Model, quien la ayudará a exponer en el Museo de Arte de Moderno y en la Limelight Gallery de Helen Gee -primera sala dedicada en exclusiva a la exposición y venta de fotografía-, impulsándola a un nuevo reconocimiento y revalorización a partir de 1956.
Nunca abandonará su continua experimentación, así en 1964 usa nuevos tipos de película Polaroid para la revista Aperture, que constituirá su primera monografía sobre su obra, alcanzando con ella gran éxito.

Ya octogenaria comienza preocuparse por la distribución y destino de su obra, tarea que subvencionará la Fundación Guggenheim. Dicha ayuda más la publicación del libro Imogen Cunningham: Photograps, convierten a Cunningham en una celebridad, llegando a proclamar el Día de Imogen Cunningham en San Francisco el 12 de noviembre de 1970. Su preocupación por organizar su obra toma nueva forma en 1975 con la creación del Imogen Cunningham Trust, para administrar, promover y comercializar su obra. Para semejante labor, su marchante exigía un signo identificativo en todas las copias hecho por la propia Cunningham, quien en un primer momento propuso que rezara “Al diablo, este revelado es tan bueno como si lo hubiera hecho Imogen”, finalmente reduciéndolo a tres únicas sílabas I-mo-gen, que se traducen del japonés como “ideas sin fin”, que mejor firma concisa y significante para una mujer de energía y creatividad sin límites.

Hasta el 20 de Enero de 2013 podéis disfrutar de Imogen Cunningham en la sala de Exposiciones Azca de la Fundación Mapfre (Avda, Generla Perón, 40). Lunes 14 a 21 horas, Martes a Sábado 10 a 21 horas. Domingos y festivos 12 a 20 horas. Entrada gratuita.